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En cuanto me enteré de la noticia hace unos meses me sorprendí: ¡un escritor dominicano llamado Junot Díaz había ganado el Premio Pulitzer en su debut como novelista! Como para que tengamos en cuenta: el año pasado fue el genial Cormac McCarthy el galardonado: no sólo norteamericano, sino con una carrera amplísima literaria en sus espaldas.
Así fue que, en cuanto el libro premiado, La Maravillosa vida breve de Óscar Wao, se editó en español, me lancé sobre sus páginas. Créanme: no tiene desperdicio.
Haciendo foco en el joven Óscar, el libro cuenta la historia de la familia dominicana De León, sus idas y vueltas entre Nueva Jersey y Santo Domingo, y sobre todo expone el modo de vida durante la tremenda dictadura de Rafael Trujillo. Al respecto, eso es lo más destacable del libro: el modo de conjugar un lenguaje ameno, veloz, casi “amable” para el lector (con muchísimo uso del lunfardo propio del caribe), con una cantidad abrumadora de datos históricos. El humor es constante y entonces la información no se hace tediosa, sino casi didáctica. Podría decirse que en una lectura un poco más profunda, esta novela funciona también como una crónica de lo que era vivir bajo el “trujillato“.
Antes de ser catapultado a la fama literaria este año, Junot Díaz ya había colaborado con distintas publicaciones y era respetado en ciertos ámbitos reducidos. Pero cabe señalar que La Maravillosa vida breve de Óscar Wao tuvo una aceptación unánime: no sólo obtuvo el Pulitzer, sino que fue considerada la mejor novela de 2008 por Time, New York Magazine, Washington Post y el Círculo de Críticos Literarios de Estados Unidos.
Además hay otra razón para leerla lo antes posible: Miramax ya compró los derechos para hacer una película.
Escrito el 31/10/08 por Martin
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Es muy común en el universo artístico que algún protagonista logre prestigio después de su muerte. Algunos los llamarán “adelantados” y otros “incomprendidos”, pero lo cierto es que por lo general, estos tapados suelen saltar a la fama sólo si un colega importante les reconoce su tarea.
Algo así le pasó a John Fante.
Fante (Colorado, 1909) murió en 1983 luego de haber escrito un puñado de novelas que pasaron sin pena ni gloria y se dedicó sobre el final de su vida a escribir guiones de Hollywood. No fue sino hasta que Charles Bukowski admitiera públicamente “Fante fue mi Dios” que se re-editaron todos sus escritos y ahí sí llegó a la masividad (al punto de recibir post-mortem el premio PEN por sus escritos en 1987).
Y hablando de John Fante, llegó la versión en español de su novela Llenos de Vida, de 1952.
Este texto marcó un quiebre para el escritor: por un lado, aquí abandona al personaje Arturo Bandini -alter ego y protagonista en 4 novelas- y escribe como él mismo; por otra parte, luego de este libro, Fante se dedicaría exclusivamente a los guiones por más de 20 años.
Aquí, el propio Fante debe lidiar con 3 temas: la familia -su mujer está embarazada y él emprende un viaje retornando a lo de sus padres por un problema en su casa-, el aburguesamiento -tras años de luchar como escritor finalmente logra un trabajo estable, irónicamente en Hollywood- y la religión -encara de un modo ácido el resurgmiento del catolicismo en la década del ‘50 en Estados Unidos-.
A pesar de estar en primera persona, hay una mezcla de ficción y realidad, todo llevado magistralmente, en una novela que demuestra cómo la simpleza puede ser el arte más complejo.
Llenos de vida es sin dudas una de las joyas que este año llegan para engordar las bibliotecas porteñas.
Escrito el 03/10/08 por Martin
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- Hagas lo que hagas, pase lo que pase, durante los primeros tres meses de vivienda en solitario no podes llamar a tus viejos ni para pedirles una aceituna.
La frase de mi primo mayor me quedó retumbando desde el momento en que mi mamá cerró la puerta de mi flamante morada. Era una oportunidad que no podía dejar pasar: me prestaron un departamento en el que sólo debo hacerme cargo de los gastos, sin pagar alquiler.
Todo transcurría de modo normal, extremando las medidas como para no tener que limpiar -Nota al margen: galletitas, cereales y alimentos que dejen migas, siempre es mejor comerlos sobre el fregadero-. Hasta que el primer accidente doméstico no se hizo esperar: como soy un fanático del café, una de las primeras decisiones que tomé fue prepararme una jarra de tamaño casi industrial como para tener reservas por unos días. Pero dio la casualidad que la cafetera que compré (prefiero el café de filtro), estaba mal soldada. Yo había llenado el filtro con una buena dosis de agua y dejaba que se escurriese a su ritmo, ocupado leyendo el libro del momento. Por eso me enteré tarde de que el contenedor de metal perdía por debajo: No me di cuenta sino hasta escuchar un constante goteo contra el piso de la cocina.
No habían pasado 24 horas y mi nueva casa ya era un enchastre.
No conforme con esto, decidí que lo mejor era retirar el filtro para que no siguiera acumulando café. Mala elección: apenas levanté del sobrecito, el papel no resistió el peso de los granos y el agua, y el filtro se agujereó. Una montaña arenosa de café decoraba entonces la ínfima cocina.
A punto de abandonar todo, cerrar con llave y regresar a la casa de mis padres, aquella frase de mi primo me volvió a la memoria. Así, al mejor estilo Jack de Lost, dejé que por cinco segundos el café tomara posesión de mi cerebro. Luego, paso a paso, ordené, limpié, sequé y acomodé.
Pedir ayuda hubiera sido retroceder en el tiempo, volver a los años de niñez. Esos segundos de claridad mental evitaron que mi presunta adultez retrocediera.
Igualmente, no veo la hora de que se cumplan los tres meses, como para degustar una buena comida casera…
Escrito el 15/06/08 por Martin