(Contra)tiempos compartidos

Podrían considerarse a las vacaciones durante la juventud como épocas de ocio forzado: no se elige el cuándo de las semanas de descanso, sino que son impuestas por el calendario escolar. Y, de algún modo, los padres que pueden tomarse esos días para descansar con sus hijos son rehenes de esa temporalidad.
El problema, sin embargo, es cuando se cree que el estilo de vacaciones es compartido por quiénes cohabitan en espacio y tiempo. Lo digo más claramente: no porque uno disfrute de la estadía en un hotel significa que quiere pasar las mismas vacaciones que otra familia que esté en ese mismo lugar esos mismos días.
Mi hermano y yo somos estudiantes universitarios que debemos cumplir con cierto calendario. Lamentablemente, la única semana en la que coincidimos es la misma que ocupa los primeros siete días del receso invernal de los más chicos. Y mi madre, con ganas de pasar un tiempo a solas con sus dos hijos grandulones (22 y 20), decidió emprender un viaje a Colonia del Sacramento, Uruguay.
Evidentemente no fue la única: hordas de padres inconscientes que dejaban a sus niños llorar, corretear, llorar, gritar, llorar, molestar, llorar, también estaban allí.
Es lógico: los chicos son chicos y como tales sufren ciertas necesidades, desean llamar la atención, disfrutan de ser el centro. Lo que no es lógico es el desinterés y la falta de respeto de los padres -adultos consumados ya- en relación con los otros adultos.
¿Por qué, si yo quiero disfrutar de cuatro días con mi familia, tengo que soportar a otra familia? Si mi madre ya crió a sus hijos, ¿por qué debe nuevamente tolerar los gritos de los otros?
Créanme que no es para nada una postura antiniños: muchos chiquillos se comportaban y en otros casos, cuando no lo hacían, los padres eran lo suficientemente responsables como para hacerse cargo.
En fin… será que me estoy poniendo más viejo e intolerante, pero a mi regreso de Colonia, preciso vacaciones…
