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foto de ton3vita
Para mí, diciembre es:
- los exámenes más difíciles del año en la facultad
- calor
- presiones y tareas engorrosas en el trabajo
- compras de regalos de navidad
- fiestas de despedida por todos lados
- dolores de panza, contracturas, erupciones rarísimas en la piel.
- preparativos para irme de vacaciones
- Navidad y año nuevo
- salir del trabajo y que todavía sea de día
- muchos mails cariñosos
- algunos llamados cariñosos
- las cuentas en rojo
- ponerme el traje de baño sobre el cuerpo blanco
- amigo invisible en la oficina
- belleza de pies
- papel de regalo
- muestras de fin de año de la escuela de acrobacia de la hija de una amiga
- otro año que se va
Comparto algunos links para salir vivo de la experiencia diciembre
http://www.d-spacito.com/
http://zenhabits.net/
http://www.ashtangaba.com.ar/
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Dos noticias –la llegada de Radiohead y el retiro de Chris Martin– me hicieron pensar: ¿Cuánto es mucho tiempo? ¿Cuánto es poco? Veinte años hubo que esperar para que viniera el cuarteto de Oxford. Dos décadas, una enormidad de tiempo, que se disolverá en los corazones de sus fans apenas pisen el escenario. Y sin embargo, 33 años, a Martin le parecen edad apropiada para dejar una banda. “PIenso que las bandas no deberían seguir después de esa edad”, dijo. ¿Será que se tomó muy en serio a los que en esta canción de Radiohead dicen: “We want the sweet meat, we want young blood” (Your time is up)?
¿Cuánto tiempo son quince minutos en un atasco de tránsito? ¿Son los mismos quince que compartimos en una charla de amigos? ¿Cuánto dura la última hora en el trabajo? ¿Cuánto una con la persona que más querés? Medimos el tiempo en horas, minutos, segundos. Es nuestra convención, pero a veces nos queda corta. Lo que antes nos parecía inalcanzable nos espera muy cerca. ¿Cuántos creíamos que a los 20 íbamos a ser grandes? ¿Qué pensamos ahora a los 30? ¿Cómo serán los 70?
Cosa engañosa el tiempo. Muchos viven tratando de frenarlo. Quisieran ponerlo patas para arriba, quizá volver a empezar. Por eso propongo aquí que cada uno piense en los momentos que más disfruta, y que intente multiplicarlos. Propongo eliminar los “tiempos muertos” de nuestra conciencia.
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Cuando vi la película Sex & The City, me impresionó la escena en que Miranda insta a su marido a “acabar” rápido, ya que al día siguiente tenía que madrugar. La escena funciona, creo, por su verosimilitud.
30 minutos es lo que le dedican por semana las personas al sexo, según variadas y dudosas fuentes que no vale la pena discutir acá. Tampoco vamos a entrar en la discusión sobre si 30 minutos por semana es mucho o poco para dedicarle al encuentro sexual. Una enorme lista de variables abrirían el abanico de la polémica (si sos soltero, si estás en pareja hace 7 meses o 7 años, si sos joven o viejo, si sos hetero o gay, si sos religioso o liberal, si sos perezoso…).
Lo interesante es que la vida sexual se ha convertido en otra de las actividades humanas cronometradas y puestas bajo el ojo crítico.
Según Carl Honoré, autor de Elogio de la lentitud, “nuestra cultura apresurada nos enseña que llegar al destino es más importante que el mismo viaje (…) pero el sexo puede ser mucho más que una carrera hacia el orgasmo”.
De la mano del movimiento slow, surgió el movimiento slow sex que propone hacer el amor de manera plenamente consciente, bajando la velocidad de los movimientos y despertando los sentidos.
En busca de relaciones sexuales más lentas, muchas personas empezaron a interesarse por el tantra, proveniente del hinduismo. Surgieron libros en varios idiomas, películas y cursos en las principales capitales del mundo para enseñarle a los occidentales a bajar un cambio en la intimidad.
Algunos consejos del slow sex incluyen programar el encuentro sexual, dedicar un buen rato a mirarse y acariciarse, bajar el ritmo de los movimientos y, por sobre todas las cosas, no buscar el orgasmo.
Sin querer convertir este espacio en un foro propio de Alessandra Rampolla, me animo a preguntar: ¿cuándo es mejor el sexo? ¿Cuándo es rápido y efectivo? ¿O cuando es programado, lento y conciente?
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Hay una rama de la biología que estudia el tiempo interno de humanos y animales. Se llama cronobiología. Los científicos observaron -esto sin tanta ciencia- que algunos períodos pasan volando, otros se nos hacen eternos, sentimos sueño por las noches, hambre o cansancio a determinada hora de la tarde, estamos mejor predispuestos al ejercicio o la actividad mental en ciertas horas del día…. Entonces se preguntaron en dónde queda ese reloj biológico. Fue así que comprobaron la existencia de una vía directa que va desde la retina del ojo hasta el hipotálamo que finalizan en dos pequeños núcleos ubicado por encima del quiasma óptico (los núcleos supraquiasmáticos).´.. Bah, toda una rimbonbancia para decir lo mismo que Cortázar en 1950: “El tiempo entra por los ojos, eso lo sabe cualquiera”.
Yo me quedé pensando… Es cierto que hace un par de años está la sensación cada vez más expandida de que el tiempo se nos escurre entre las manos. Cada año que despedimos duró -como los otros- 365 días, pero decimos boquiabiertos: “Pasó volando, che”. ¿A qué se debe? Dicen que el tiempo parece pasar más rápido cuando uno la pasa bien. ¿Quiere decir que estamos todos súper felices? No lo sé, pero me intriga.
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Para los que llegan a este blog desde lejos, el 9 de julio de 2007 nevó en Buenos Aires. Lo recuerdo porque el clima no deja de sorprendernos y hoy tuvimos un día primaveral en la ciudad, con 24 grados de temperatura. Así que no, este año, parece que no va a nevar en Buenos Aires.
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Este post lo inspiró Pablo en su comentario en La enfermedad del tiempo. Pablo usó la expresión “absoluta presencia” para hablar del acto de estar realmente presente en el momento y no dejarnos tiranizar por el tiempo. Disfrutar de un café, mirar por la ventana… De eso o algo similar hablaba Pablo mientras mezclaba magistralmente Matrix y Sidharta en el mismo párrafo.
La frase quedó dando vueltas en mi cabeza y pensé que cuando dos personas se enamoran, se brindan mutuamente sus absolutas presencias. Al menos durante un tiempo. Se encuentran, se miran, es escuchan, se miman, se cuentan, se conectan, se descubren.

En la película Dos Días en París, la protagonista se lamenta que durante su viaje por Europa, su novio se la pasó sacando fotos. En un momento en que esperaba conectar con su pareja, él eligió ausentarse detrás de una cámara digital y esa falta de conexión los lleva a una crisis. La pareja de la película llevaba un poco más de dos años de relación y estaba empezando a sufrir esos sutiles desencuentros que representan lo totalmente opuesto de estar enamorado.
En épocas en que vivimos demasiado rápido, el amor requiere tiempo. Aunque no podamos vivir eternamente “colgados como dos computadoras”, creo que cuando pasa el primer chispazo, las parejas deberían poner especial cuidado en los momentos que comparten, preocuparse por estar presentes frente al otro. Simplemente eso.
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Hoy en la mañana, camino al trabajo, escuchaba el parte de noticias de una radio y me detuve en un dato que arrojaba una información a propósito del tema del paro del campo.
Me pareció interesante compratir una breve extracción de esta noticia; unas palabras vertidas por Juan Domingo Perón vinculadas a la relación de su gobierno con este sector clave y motor de la economía de un país que aspira a transformarse, en algún futuro, en un país desarrollado:
” (…) para ilustrar lo que no debía volver a suceder, repitió lo que le había contado un galés chubutense. Fue con relación a un reloj que había en su pueblo y que tenía cuatro caras que se rotaban cada seis horas. Arrancaba la del pastor, que decía que cuidaba las almas; seguía la del abogado, que decía que cuidaba los derechos; después la del gobernante, que cuidaba la vida ordenada, y finalmente, aparecía la cara del agricultor. Yo soy el que les pago a los otros tres”, remarcaba.
Ver nota completa aquí
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“Hay bajo el sol un momento para todo,
y un tiempo para hacer cada cosa:
Tiempo para nacer, y tiempo para morir;
tiempo para plantar y tiempo para arrancar lo plantado;
tiempo para matar, y tiempo para curar;
tiempo para demoler, y tiempo para edificar;
tiempo para llorar, y tiempo para reir;
tiempo para gemir, y tiempo para bailar;
tiempo para lanzar piedras, y tiempos para recogerlas;
tiempo para los abrazos, y tiempo para abtenerse de ellos;
tiempo para buscar, y tiempo para perder;
tiempo para conservar, y tiempo para tirar afuera;
tiempo para rasgar, y tiempo para coser;
tiempo para callarse, y tiempo para hablar;
tiempo para amar, y tiempo para odiar;
tiempo para la guerra, y tiempo para la paz;
Al final ¿ qué provecho saca uno de sus afanes?”
Eclesiastés 3; Libros Sapiensales. La Biblia
Foto de Ruurmo
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Hoy viajé en el 93, un colectivo al que jamás había subido. Hice un recorrido nuevo para desembocar en la misma silla, frente al mismo escritorio. En ese ratito que transcurrió entre la esquina de Laprida y Las Heras hasta la de Paseo Colón y Chile pensé que la vida entera puede pensarse como un cuento hecho de frases y signos de puntuación.
De lunes a viernes puro comas, y a veces ni eso. Los fines de semana puntos seguidos. Grandes eventos que marcan un punto y aparte; situaciones inesperadas que introducen signos de exclamación; etapas enteras puestas entre dos signos de interrogación. Días, horas y minutos descriptibles como tres puntos suspensivos… Y, los que más me gustan, esos momentos que van entre paréntesis.
Las leyes de la gramática dicen que, si están bien usados, los paréntesis son absolutamente prescindibles. Se los puede extraer de la frase sin que se altere su sentido, su discurrir, su propósito. Y sin embargo son los que suelen encerrar los datos más coloridos y deliciosos.
(A mí, de vez en cuando, me gusta ponerme entre paréntesis. Dejar que el tiempo avance –eso es inexorable- pero a un ritmo distinto. Sentir que estoy de incógnito, que no hay apuro, que nada ni nadie me reclama. Una situación ideal para eso se produce cada dos meses, cuando voy a la peluquería. El viaje hacia un lugar –antes Caballito, ahora Flores, que no frecuento. La espera en el sillón de pana con revistas que jamás leo excepto ahí; el agua tibia y un par de manos masajeando mi cuero cabelludo; la charla liviana con el “lavador de pelo”; la conversación un poco más familiar con Rubén, mi peluquero; el celular inaudible dentro de mi bolso, dentro de un placard. La caminata de noche hasta Av. Rivadavia, el pelo húmedo con un perfume distinto al habitual. Y la vuelta a bordo de un vagón de una línea de subte que no suelo tomar, pero que me deposita siempre en el lugar de siempre).
Vos, ¿cuándo y cómo te ponés entre paréntesis?
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Ayer salió en La Nación Revista un extenso artículo escrito por el psicoanalista argentino Sergio Sinay sobre nuestra relación con el tiempo.
Hasta que se inició la dictadura del reloj, los seres humanos vivían conscientes de que eran parte de la naturaleza; no se sentían ni al margen ni por encima de ella. Los ciclos de la Luna, la secuencia de las estaciones, las posiciones del Sol en el cielo, los celos de los animales, eran observados y respetados; los ciclos de la propia vida (niñez, adultez, vejez) también, y eso que hoy conocemos (y tememos) como tiempo era una experiencia subjetiva y natural.
Sinay realiza un rico un recorrido por las concepciones que la humanidad y las diversas culturas han tenido sobre el tiempo. Leí esta nota tirada en la cama, tomando mate, lejos de la computadora y sin ningún apuro. Como varias de las reflexiones de este blog, muchas de las ideas con las que me crucé están relacionadas con la búsqueda de sentido. A no temerle al ocio. A soltarse de algunas ataduras. A escuchar el tiempo interno, la música y el ritmo interior de cada persona. En algún momento solté la revista, me estiré, despejé de la cama el suplemento de turismo, el de empleos y espectáculos. Me dediqué unos minutos a hacer lo que más me cuesta. Nada.
Leer el artículo completo acá.