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Y un día, la vida se volvió líquida

Si no estás en Argentina y caes en este blog de casualidad, vale aclarar que hoy es feriado, gris y húmedo y en estos días, como que me agarra por reflexionar por este tipo de cosas.

En Estados Unidos, los consumidores cambian su celular cada 18 meses, el mismo período de tiempo en el que, según el sociólogo Zygmunt Bauman, entran en crisis los matrimonios. Cayó en mis manos un librito inquietante del mencionado sociólogo polaco. Se llama Vida Líquida y allí sostiene que en estos tiempos posmodernos, todos somos objetos de consumo que perdemos la utilidad en el mismo acto de ser usados. Las personas, como los objetos, se volvieron descartables. El imperativo del capitalismo globalizado ya no es producir, sino consumir y desechar.

Modernidad líquida by Jesús Andrés.
Obra de Jesús Andres

En palabras de Bauman: “Los territorios de la construcción y reconstrucción de la identidad no son los únicos conquistados por el síndrome del consumidor fuera de su reino de calles y centros comerciales. Paulatina, pero inexorablemente, va apoderándose de las relaciones y los vínculos interpersonales. ¿Por qué iban a ser los nexos humanos la excepción al resto de las normas de la vida? Los consumidores acostumbrados a bienes de consumo que envejecen deprisa y son pronto reemplazados, acaban considerándolas (a las relaciones) un engorro y una pérdida de tiempo (…) Los matrimonios siempre tuvieron sus malas rachas y sus momentos de crisis, grandes o pequeños; pero, hoy en día, la diferencia radica en lo rápido que nos aburrimos de ellos. La famosa crisis de los siete años ya es historia. Según los datos más recientes, el tiempo óptimo para desanudar el nudo matrimonial ha pasado a ser de entre 18 meses y dos años”.

 En tiempos de máximo consumo y producción de basura, ¿pueden también reciclarse las personas?

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Proyecto una pareja

Este post lo inspiró Pablo en su comentario en La enfermedad del tiempo. Pablo usó la expresión “absoluta presencia” para hablar del acto de estar realmente presente en el momento y no dejarnos tiranizar por el tiempo. Disfrutar de un café, mirar por la ventana… De eso o algo similar hablaba Pablo mientras mezclaba magistralmente Matrix y Sidharta en el mismo párrafo.

La frase quedó dando vueltas en mi cabeza y pensé que cuando dos personas se enamoran, se brindan mutuamente sus absolutas presencias. Al menos durante un tiempo. Se encuentran, se miran, es escuchan, se miman, se cuentan, se conectan, se descubren.

 

 

 

 

En la película Dos Días en París, la protagonista se lamenta que durante su viaje por Europa, su novio se la pasó sacando fotos. En un momento en que esperaba conectar con su pareja, él eligió ausentarse detrás de una cámara digital y esa falta de conexión los lleva a una crisis. La pareja de la película llevaba un poco más de dos años de relación y estaba empezando a sufrir esos sutiles desencuentros que representan lo totalmente opuesto de estar enamorado.

En épocas en que vivimos demasiado rápido, el amor requiere tiempo. Aunque no podamos vivir eternamente “colgados como dos computadoras”, creo que cuando pasa el primer chispazo, las parejas deberían poner especial cuidado en los momentos que comparten, preocuparse por estar presentes frente al otro. Simplemente eso.

Escrito el 28/06/08, por Maria. Hay 2 comentarios.
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¡Métanle, muchachos!

 

Foto deFlyFin

Fast Food, Fast Forward, Speed pastilla, Speed bebida, Speedy Internet, Need for Speed en la Play, Speed Channel en TV. Y ahora lo que nos faltaba: Speed Dating. Desde fines de los 90 el sistema gana cada vez más adeptos. Es que ya no hay tiempo. (¿Tan lejos se habrá ido que ni un ratito para enamorarse queda?)

Él - primero de los diez hombres que se sentarán esta tarde frente a ella- le miente sobre su nombre. Trata de arreglárselas para resumir su oferta en un manojo de minutos. Ocho para ser exactos. Ella, (alias “tengo una hora para maquillarme y vestirme pero muy poco tiempo para escucharte”) saluda con cortesía, como le recomendó la coordinadora. Ensaya una sonrisa; también miente, pero sobre su edad. No alcanza a percibir su perfume al otro lado de la mesa. Le gusta el timbre de su voz. Y su mirada tímida. En su look algo le causa ternura. (”¿El bigote?”, se pregunta, “¿la corbata verde?”, “Ah, no, ya sé, el…”) Prrriiiii. Que pase el siguiente.

Escrito el 25/06/08, por cecilia. Hay 1 comentario.
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Una historia de amor en dos tiempos

Imaginemos el siguiente argumento para una película. Dos personas que se aman están forzadas a vivir en dos dimensiones temporales diferentes. No se trata de ciencia ficción. Es simplemente el reloj mundial en acción. Por motivos de trabajo, nuestros personajes viven en husos horarios opuestos. Digamos, por decir dos ciudades al azar, que ella está en Buenos Aires y él Hong Honk. Cuando él descansa, ella trabaja, almuerza, limpia su casa, lee, pasea, vive. Y mientras ella duerme, él replica esa rutina de actividades. Se encuentran una vez al día, en sus respectivas cenas-desayunos. Cuando ella termina su día, él ya está comenzando el siguiente. En la pantalla de Skype, en una es de noche y apenas la ilumina el velador de su escritorio, en el otro entra a raudales la luz del día.

Imagino que en algún momento el hecho de vivir en dos dimensiones temporales diferentes los haga sentir aún más lejos que la distancia física real que realmente los separa. ¿Cuánto tiempo podrían mantener la relación de esta manera? ¿Cuáles serán los sueños de ella mientras él vive? ¿Qué pensamientos lo inquietarán a él mientras ella descansa?


 

Escrito el 11/05/08, por Maria. Hay 3 comentarios.
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Límite temporal

 

Pude abstraerme y me ví cantando junto con mi primo de catorce años las canciones de Divididos. Yo tengo 22, y en el pasado jamás hubiera pensado posible compartir y disfrutar de un recital con él. A la inversa, cuando tenía quince años, las personas de dieciocho me parecían ancianas, un espectro totalmente lejano. Pero hoy, el grueso de mi círculo de amigos es por lo menos tres años mayor que yo.

Pareciera como si los hombres y las mujeres construyéramos barreras relacionales según las edades, que luego el paso del tiempo mismo las destruye. O construye otras. Como si fuera uno de esos límites de estatura que existen en las montañas rusas  aplicado a las edades, y así, a la hora de compartir experiencias, los otros deben pasar por ese filtro temporal.

Lo genial es que el derecho de admisión no es estático, sino siempre cambiante. Para quienes quedan afuera es sólo cuestión de esperar, porque inevitablemente pasa una de las siguientes dos opciones: O logran cruzar la barrera, o aquel que impuso el freno se les une.

Escrito el 15/04/08, por Martin. Dejá un comentario.
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