Límite temporal
Pude abstraerme y me ví cantando junto con mi primo de catorce años las canciones de Divididos. Yo tengo 22, y en el pasado jamás hubiera pensado posible compartir y disfrutar de un recital con él. A la inversa, cuando tenía quince años, las personas de dieciocho me parecían ancianas, un espectro totalmente lejano. Pero hoy, el grueso de mi círculo de amigos es por lo menos tres años mayor que yo.
Pareciera como si los hombres y las mujeres construyéramos barreras relacionales según las edades, que luego el paso del tiempo mismo las destruye. O construye otras. Como si fuera uno de esos límites de estatura que existen en las montañas rusas aplicado a las edades, y así, a la hora de compartir experiencias, los otros deben pasar por ese filtro temporal.
Lo genial es que el derecho de admisión no es estático, sino siempre cambiante. Para quienes quedan afuera es sólo cuestión de esperar, porque inevitablemente pasa una de las siguientes dos opciones: O logran cruzar la barrera, o aquel que impuso el freno se les une.
