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Por Martín Lipszyc
Si un escritor tiene otro oficio más allá que el de escribir, sus textos se vuelven inevitablemente más ricos. Es evidente en casos en los que el autor estudió derecho o medicina, y podrá agregarle condimentos a sus personajes que les darán más cuerpo; lo mismo sucede en los casos de historiadores o incluso matemáticos. Pero luego de haber leído algunos libros suyos, creo que John Berger es la prueba viviente de que el mejor maridaje para un escritor es el de la pintura.
Berger, nacido en 1926 en Londres, se formó como pintor en la Central School of Arts, y sin dudas esos estudios artísticos le han dado una herramienta distinguida a la hora de las descripciones. Por suerte para sus lectores en español, son cada vez más las ediciones traducidas a nuestro idioma, y en esta ocasión quiero destacar la reciente publicación de Un hombre afortunado.
Corría el año 1967 y Berger se juntó con el fotógrafo Jean Mohr para acompañar a John Sassall, que ejercía la medicina en un pueblo prácticamente perdido en el mapa de Inglaterra. Un hombre afortunado es la cobertura de esa situación tanto en fotos como en textos, una especie de ensayo documental sobre la vida de quien decide dedicar su tiempo a la salud de otros, en un contexto en el que el médico es mucho más que aquel que cuida el cuerpo de los hombres y pasa a ser el confidente, el consejero, el escucha…
En el libro, Berger expone también sus reflexiones, sus impresiones de la relación médico-paciente donde la confianza y el afecto pueden ser aun más importantes que un bisturí.
De yapa, me permito recomendarles los textos de ficción de Berger, en particular la llamada trilogía “De sus fatigas“, compuesta por Puerca Tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag.
Escrito el 02/01/09 por Martin
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Es muy común en el universo artístico que algún protagonista logre prestigio después de su muerte. Algunos los llamarán “adelantados” y otros “incomprendidos”, pero lo cierto es que por lo general, estos tapados suelen saltar a la fama sólo si un colega importante les reconoce su tarea.
Algo así le pasó a John Fante.
Fante (Colorado, 1909) murió en 1983 luego de haber escrito un puñado de novelas que pasaron sin pena ni gloria y se dedicó sobre el final de su vida a escribir guiones de Hollywood. No fue sino hasta que Charles Bukowski admitiera públicamente “Fante fue mi Dios” que se re-editaron todos sus escritos y ahí sí llegó a la masividad (al punto de recibir post-mortem el premio PEN por sus escritos en 1987).
Y hablando de John Fante, llegó la versión en español de su novela Llenos de Vida, de 1952.
Este texto marcó un quiebre para el escritor: por un lado, aquí abandona al personaje Arturo Bandini -alter ego y protagonista en 4 novelas- y escribe como él mismo; por otra parte, luego de este libro, Fante se dedicaría exclusivamente a los guiones por más de 20 años.
Aquí, el propio Fante debe lidiar con 3 temas: la familia -su mujer está embarazada y él emprende un viaje retornando a lo de sus padres por un problema en su casa-, el aburguesamiento -tras años de luchar como escritor finalmente logra un trabajo estable, irónicamente en Hollywood- y la religión -encara de un modo ácido el resurgmiento del catolicismo en la década del ‘50 en Estados Unidos-.
A pesar de estar en primera persona, hay una mezcla de ficción y realidad, todo llevado magistralmente, en una novela que demuestra cómo la simpleza puede ser el arte más complejo.
Llenos de vida es sin dudas una de las joyas que este año llegan para engordar las bibliotecas porteñas.
Escrito el 03/10/08 por Martin