El desafío es sorprender siempre

Por Martín Lipszyc
Hay una frase que lamentablemente puede aplicarse a muchos escritores: “hazte la fama y échate a dormir“. Esto no implica que los textos que produzca ese autor sean necesariamente malos, sino que ocurre que, al lograr cierto estilo, se repiten y no logran sorprender nuevamente a los lectores. Algo así le sucedió al escocés Irvine Welsh, de quien acaba de lanzarse al mercado en español su última novela, Secretos de alcoba de los grandes chefs.
Welsh saltó a la fama con su debut de 1993 Trainspotting, un libro que se convirtió en punta de lanza de una generación que a fines de los ‘80 y principios de los ‘90 refrescó los tópicos del alcohol, el sexo y las drogas que parecían condenados a quedar estancados con la vieja generación beat. Claro que una vez que se alcanza el cenit con un primer libro tan importante, es lógica la caída…
Secretos de alcoba de los grandes chefs relata de un modo tangencial el mundo de la gastronomía, para luego adentrarse en el ámbito del punk, las drogas, el alcohol y el sexo en Edimburgo. Cuenta la historia de dos personas que trabajan en el departamento de Sanidad de la capital escocesa y que se dedican particularmente a inspeccionar las cocinas de los restaurantes.
Danny Skinner, un borracho empedernido que disfruta muchísimo de las drogas y las mujeres, de un día para el otro se ve amenazado en la oficina porque comienza a trabajar Brian Kibby, un santito, abstemio, que podría quedarse con su empleo soñado. Temeroso de esto, en medio de un trance alcohólico, Skinner desea con todas sus fuerzas que todo lo que él debería sufrir por sus excesos lo pague el cuerpo de Kibby: entonces, cada vez que él vaya a los bares, que al otro día sea Kibby el que se levante con resaca. Imaginablemente, el deseo se cumple, y al mejor estilo Dorian Gray, Kibby, cual retrato, paga las consecuencias de los desmanes de Skinner. Claro que esto que parece ser un placer, terminará en el clásico “ten cuidado con lo que anhelas…”.
Paralelamente, en esta novela de más de 500 páginas, otro tópico importante es el de la paternidad: el padre de Kibby murió de una enfermedad muy extraña, en tanto que Danny Skinner emprende la búsqueda de su propio progenitor, que abandonó a su madre cuando él era muy chico, y de quien sólo sabe que era un punkie con cierta relación con el mundo gastronómico escocés.
La novela es interesante por algunos enfoques, pero resulta demasiado larga e incluso hay fragmentos repetitivos, en donde Welsh explica demasiadas veces cuestiones que el lector ya sabe de antes.
