Retornar

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Como todos, visito a mi abuela menos de lo que debería. No se porqué, pero cualquier excusa parece ser buena como para no ir. No es que la pase mal en su casa, todo lo contrario, me hace sentir verdaderamente a gusto. Pero simplemente surgen cuestiones relacionadas con el trabajo o el estudio que me mantienen alejado. Por eso mismo no pude rechazar la invitación a almorzar del último feriado.
 Después del pollo al horno, le pregunté por mi abuelo (que murió hace varios años ya). Su muerte es un tema tabú, porque ella entra en una contradicción sentimental: se acongoja, pero le hace bien repasar los que fueron los mejores años de su vida. Inmediatamente después de mi pregunta, se levantó de la silla, fue a su habitación, revolvió unos cajones y regresó al comedor con un álbum de fotos tamaño biblia.
 - Acá estamos en Buzios, en el ‘84 –empezó-. ¡Mirá que negra que estaba yo! ¡Y que flaca! Fueron nuestras primeras vacaciones solos como adultos, porque ya tu mamá y tus tíos se habían ido de casa…
 Yo pasaba las fotos y ella las comentaba.
 - En teoría ahí deberíamos haber pescado algo –acotó mi abuela mientras otra imagen mostraba a mi abuelo posar sonriendo con una caña en una lancha-, pero no sacamos nada. Igual conocimos a una pareja de alemanes en la excursión y esa misma noche fuimos a comer mariscos a un restaurante muy lindo, ya no me acuerdo como se llamaba.
 En otra foto estaban abrazados compartiendo un coco. Mi abuela no se daba cuenta de que yo la miraba, pero pude ver cómo sonreía y le brillaban los ojos mientras desempolvaba las anécdotas.
 En pleno muestreo me sonó el celular. Era un compañero con el que había quedado encontrarme para pasarle unas fotocopias y que me estaba esperando hacían ya diez minutos.
 No sabía cómo encarar a mi abuela para decirle que tenía que irme de su casa, pero no hizo falta: ella sola se dio cuenta, cerró el álbum con una sonrisa y me dijo que ella entendía, que me fuera lo antes posible así no tardaba en llegar a la librería.
Bajó a abrirme, me despidió con un beso y me dijo: “Gracias, muchas gracias de verdad”.
 Mientras caminaba a la estación del subte me di cuenta: lo que para mí fue un almuerzo de dos horas, para ella representó el retorno a un viaje de dos semanas.