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Por Martín Lipszyc
El mexicano Mario Bellatin es sin dudas uno de los escritores contemporáneos más importantes de Latinoamérica, pero lo más interesante es que a pesar del respeto que ha logrado de “La Academia“, mantiene su status de “escitor extraño”.
Bellatin ha publicado más de 15 libros y siempre que un texto suyo llega a mis manos, me encuentro a mí mismo inquiriendo: “Puede ser verdad lo que dice, ahora… ¿será cierto?”. Ojo, no es un escritor de ciencia ficción, al contrario: se ubica en realidades cotidianas, que pueden llegar a parecer casi mínimas, y desde allí construye relatos sólidos.
El tema de la verosimilitud además está conjugado con un uso fantástico de las palabras. Su capacidad deescriptiva es abrumadora, y tal vez sea parte de la herencia que le dejó haberse dedicado al mundo del cine en sus años mozos. Hay incluso una declaración suya en la que intenta desligarse del género literario “duro”: “Yo no sé si hago literatura, lo único concreto y real, lo único que sé es que yo me siento y escribo“.
En la Argentina acaba de editarse un nuevo texto suyo, Los fantasmas del masajista (Eterna Cadencia Editora). Es un relato breve que parte de un paciente que narra sus visitas a un centro de rehabilitación para personas amputadas en San Pablo (ah, lo olvidaba: Bellatin carece de brazo derecho, como podrán ver en la foto), para luego terminar centrándose en la vida de su masajista y la relación que éste ha mantenido con su madre ya muerta.
Lo genial y “bellatinesco”, si se admitiese la categoría, es que luego de que la historia esté contada en palabras, hay una selección de fotos a través de las cuales el autor quiso re-narrar los sucesos.
Leer a Mario Bellatin no sólo es un placer intelectual, sino un desafío extra-literario más que recomendable entre tanta chatura que se publica.
Escrito el 26/06/09 por Martin
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Por Martín Lipszyc
No parece descabellado pensar en sorprender al lector cuando una historia cruza la barrera de la verosimilitud. Los textos de ciencia ficción tienen licencias mucho más flexibles que aquellos que buscan mantenerse dentro de los parámetros de la realidad. Sin embargo, son los de éste último tipo de escritos los que, cuando están compuestos de manera sólida, más me deslumbran. Algo así sucede con los cuentos que integran el libro “Los estantes vacíos“, del escritor Ignacio Molina.
Molina le dedica su tiempo y minuciosidad a las historias mínimas. No sé si será porque él arribó a la Capital proveniente de Bahía Blanca, pero es muy interesante ver cómo sus descripciones se centran en cuestiones que tal vez quienes están acostumbrados al bullicio porteño pueden llegar a dejar de lado.
Molina, nacido en 1976, es parte del colectivo de escritores “El Quinteto de la Muerte“, y suele leer en público sus textos. De hecho, fue en una de esas lecturas que me enteré de que está a punto de editar su primera novela, que se llamará “Los modos de ganarse la vida“.
Para quienes quieran seguirle los pasos, pueden visitar su blog haciendo click aquí.
A modo de despedida, seleccioné un párrafo del cuento que abre el libro, Kilómetro Cero, en donde creo que queda claro a qué me refiero con su gran capacidad descriptiva. La conjugación de imágenes y sonidos es, sencillamente, genial:
“…Desde afuera me llegaban ladridos y una melodía cantada en un idioma que no lograba reconocer. Después de unos minutos me acerqué a la ventana y me puse a mirar, alternadamente, al paraguayo que vivía al fondo del pasillo, que tomaba mate en el patio de la planta baja y hablaba con su perro en guaraní, y al empapelado violeta de la pieza, manchado por la humedad de las paredes y ensombrecido por la caída de la tarde…”.
Escrito el 05/12/08 por Martin