Cuentos invaluables

Por Martín Lipszyc
Recomendar un libro es sin dudas un acto impregnado de subjetividad. Si bien es cierto que hay parámetros un tanto estandarizados (que apuntan sobre todo a la verosimilitud de la trama, a la relación comienzo-nudo-desenlace, al pacto ficcional y a otros etcéteras en los que no vale la pena meterse), en definitiva lo que define la inclinación de la balanza es si a quien lo comenta le gustó el texto o no. Ahora bien, esto se aplica, dentro del ámbito de ficción, a una novela. ¿Y con un libro de cuentos?
¿Cómo medimos si un libro de cuentos es bueno?
Tomaba un café con un colega y, charlando, se lo consulté. Lo pensó un rato y al poco tiempo me aseguró que eso era muy simple: si la mitad más uno de los cuentos nos gusta, entonces el libro vale la pena.
Sin mucha convicción le dije que tenía razón, pero no me dejó del todo conforme. La pregunta siguió rondándome en la cabeza, hasta que finalmente me decidí que no podía ser así. Admito que lo primero que puede ocurrírsenos es esta conclusión, que me animé a denominar la “lógica matemática”, pero acá no estamos hablando de cuestiones empíricas. Un cuento es mucho más que palabras agolpadas una detrás de la otra. Un cuento, bien escrito, nos da la posibilidad a los lectores de viajar por mundos impensados o de plantearnos situaciones disparatadas, o de reírnos a carcajadas, o incluso de vivir sensaciones únicas. Y todo esto en tan sólo un par de páginas.
Recuerdo la primera vez que leí cuentos como “Continuidad de los parques”, de Cortázar, o “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, de Borges, y sinceramente no puedo reproducir la emoción que me generaron.
Supongamos que un cuento que realmente nos gustó, uno que disfrutamos de principio a fin y que nos dejó con ganas de más, se encuentra en un libro de mil páginas de pura basura: ¿No recomendaríamos ese libro a todos nuestros conocidos por más que sea sólo por esas cuatro o cinco páginas?
El lenguaje popular está plagado de refranes que no siempre son ciertos, como “más vale pájaro en mano que cien volando” o “una imagen vale más que mil palabras”. Creo necesario incluir uno nuevo a la colección: “un buen cuento bien salva lo que parezca ser un mal libro”.





















