La memoria encasillada
Las percepciones que se instalan en la memoria suelen parecernos inamovibles. Uno se hace una idea de algo, y después se queda con esa idea. Para evitar el abstracto, lo ejemplifico: para mi generación, James Bond es Pierce Brosnan. Hablo con gente mayor y me aseguran que no, que Roger Moore o que Sean Connery son los verdaderos 007; lo comento con mis primos menores y creen que es Daniel Craig.
No importa: el “casillero James Bond“, en mi memoria, está ocupado. Y entonces ese modelo que uno tiene, lo toma para medir a los nuevos o los viejos. Siguiendo con el ejemplo, Daniel Craig será buen actor, pero no es el Bond que yo conocí.
El pasado instalado es mucho más fuerte que lo nuevo que pueda aparecer. La temporalidad gana intensidad por la permanencia. Pero, a pesar de esta inamovilidad aparente de los conceptos, hay casos en los que lo nuevo tiene tal nivel que derrumba a la idea establecida.
Me sucedió hace poco, viendo la última película de Batman -Batman: El Caballero de la Noche-.
Mi Guasón era Jack Nicholson. Y bien digo era, porque lo cierto es que Heath Ledger derrumbó un mito. Debo confesar que, a pesar de los comentarios que había escuchado antes de ver el film, pensaba que el trabajo de Ledger estaba siendo inflado simplemente porque el actor ha muerto, y siempre se ensalza a los fallecidos. Sin embargo, este nuevo Guasón es espectacular. Cualquier fanático, tanto del cine como del cómic, coincidirá: surge algo así como un nuevo paradigma. Si en el futuro aparece otra versión del villano, no deberá enfrentar a Nicholson.
Mi memoria fue sacudida, y ahora tiene un nuevo nombre en el casillero “Guasón“.
