¿Avance?

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Esto realmente me hizo abrir los ojos. Pero literalmente: como dos huevos fritos.

Resulta que existe en España una empresa gourmet que produce la llamada “Sandía Fashion“. Se trata de la típica fruta pero…¡¡¡Sin semillas!!!

La firma que las ¿cultiva? es una asociación de 17 prductores agrícolas que, en conjunto con un laboratorio, diseñaron una semilla para que surja este alimento, que me generó a la vez asombro y una pizca de morbosidad.

¿Hasta dónde puede llegar el hombre como para aumentar su comodidad?

Para más información, visiten sandiafashion.com

Un pionero en abrir los ojos

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No sé cuándo nació la frase hecha que asegura que “una imagen vale más que mil palabras”, pero estoy seguro de que si hubo una persona que hizo de ella un lema en su vida fue sin dudas el fotógrafo que mañana cumpliría 100 años, Henri Cartier-Bresson.

Hay un término que hoy está incluido en el lenguaje diario, pero que antes de Cartier-Bresson no existía: el fotoperiodismo. Este francés, que murió en 2004 a los 95 años, derrumbó la creencia de que cualquier imagen podía ilustrar una nota. Sus fotos eran crónicas en sí, narraban la realidad a veces incluso con más certeza que un texto.

Tan exacta era su puntería fotográfica que en 1947 y junto con otros fotoperiodistas -entre ellos Robert Capa-, fundó la agencia de imágenes Magnum Photos con un concepto para entonces revolucionario: los fotógrafos capturan las imágenes y son dueños de los derechos de éstas, se venderán a los medios si así se dispone, pero el objetivo fue crear una cooperativa para que tomar fotos sea la única preocupación de sus integrantes.

Han habido muestras dedicadas a la obra de Cartier-Bresson en los museos más importantes del planeta. Por mencionar algunos nomás, destaco el MoMA de Nueva York, el Royal College of Art de Londres, el Palacio de Bellas Artes de México, el Museo de Arte Contemporáneo de Kyoto, en Japón y la Galería Nacional de Arte Moderno en la India. No existe punto en el globo en donde no sea considerado un artista, con exposiciones exclusivas al estilo de Dalí o Warhol.

Aún así,  la fotografía es todavía hoy para muchos un arte menor. Hay quienes siguen pensando que da igual quién tome la foto, porque lo que creen importante es lo que sale en ella. Sin embargo les recuerdo que no cualquiera puede llegar a fotografiar a figuras trascendentes, y si Cartier-Bresson era elegido para ello es porque sabía captar mucho más que una imagen. Es más, estoy seguro de que hay muchísimas fotos reconocidas que uno no sabe que quien estaba detrás de cámara era este periodista gráfico francés.

Figuras como William Faulkner, Marcel Duchamp y Albert Camus se rindieron ante su lente. La lista de famosos sigue, pero tal vez lo más importante sea destacar su presencia en hechos fundamentales de la historia, como la Revolución China o el funeral de Mahatma Gandhi.

Como para ilustrar su genialidad tanto como retratista y a la vez periodista, elegí dos fotos suyas revolucionarias, cada una en su ámbito.

Primero, la mítica imagen de un jovensísimo e insinuante Truman Capote.

La segunda tiene que ver con la que, creo, fue la tarea más importante de Cartier-Bresson: haber sido el ojo de Occidente en momentos en los que era casi imposible estar presente. Por eso opté por una de las tantas fotos en la cobertura que lo catapultó a la fama: la gente amuchándose en la India de 1948 para darle sus respetos a los restos de Gandhi.

¿Cómo les dicen? ¿Papeloneros?

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Dalia en uno de sus viajes en tren habló de los papelones.

¿Qué-es-un-papelon?

Pero, ¿sabías que hay un municipio en el Estado Portuguesa de Venezuela que se llama precisamente “Papelón”?

El Municipio Papelón

El rayadito es el Municipio Papelón

El rayadito es el Municipio Papelón

El Municipio Papelón es uno de los 14 municipios que forman parte del Estado Portuguesa, Venezuela. Tiene una superficie de 2.203 km² y una población de 13.090 habitantes. Su capital es el Papelón. La agricultura es la principal actividad económica del municipio.

Alta debe ser la autoestima de esta gente cuyo gentilicio sería…¿papeloneros?

UNA JOYA EN LOS CINES

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La proyección en los cines argentinos de “La escafandra y la mariposa” es una oportunidad que no debe ser desaprovechada. Gracias a que esta película francesa ha sido multipremiada y nominada a los premios Oscar, desembarca en nuestro país a hacerle frente a los tanques de hollywood y a las pesadillas para niños por las vacaciones de invierno una de las mejores historias filmadas en el 2007.

El film está basado en el libro homónimo, “escrito” por quien es el protagonista de esta historia real: Jean-Dominique Bauby.

 Jean-Do, como todos lo llaman, disfrutaba del mejor momento de su vida a sus 43 años: era el editor de la revista ELLE, se llevaba de maravillas con su ex mujer, era un padre amoroso y estaba de novio con una modelo preciosa. Nada de eso importó el 8 de diciembre de 1995, cuando un accidente cerebrovascular lo dejó postrado, permitiéndole sólo el movimiento del ojo izquierdo, aunque con la lucidez y la capacidad cerebral intactas.

¿Qué hacer cuando el mundo se derrumba y uno nada puede hacer al respecto? Al principio, Jean-Do se lamentaba, estaba vencido. Hasta que un buen día decidió dejar de darse lástima y comprendió algo muy fácil de decir pero difícil de encarar: aún en el estado de inmovilidad en que estaba, no le habían podido quitar la imaginación y la inteligencia.

Así es que Bauby emprendió la prácticamente imposible tarea de contar lo que vivía en esa situación. Por eso puse antes la palabra escrito entre comillas: Jean-Do narró su historia mediante un método de dictado por pestañeo. La enfermera y la responsable de la editorial le dictaban el abecedario y él las frenaba con un parpadeo. Letra por letra formó palabras, que a su vez dieron vida a párrafos que concluyeron en su libro “La escafandra y la mariposa“.

La historia del título es casi poética: en sus momentos depresivos, Jean-Do dice sentirse como un buzo, quien ve todo a través de la escafandra pero que no puede ser oído. Pero su accidente no le privó de la fantasía, y de poder comprenderse como una mariposa que sí puede escapar de su capullo.

El trabajo en el film de Mathieu Amalric es sencillamente genial, así como las tomas sumamente pensadas y trabajadas por el director, Julian Schnabel. La música -también elegida por Schnabel- se fusiona a la perfección con las escenas y la velocidad narrativa.

Sinceramente, uno de los imperdibles de este año en materia de cine.

De subtítulos y doblajes…

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Odio las películas traducidas. No soporto que un locutor cualquiera le robe la identidad al personaje que veo en la pantalla, queriéndose hacer pasar por ese protagonista, pero casi siempre fallando. Por lo general no me lo creo, y eso atenta contra el pacto ficcional de un film.

Pero, como siempre, todo tiene un pero…

Se estrenó la versión fílmica de “El Súper Agente 86” y, más allá de entrar en conceptos  relacionados con el cine -a mí me gustó, pero no pretendo ahondar en el tema-, lo que es necesario destacar es que se puede la versión doblada al español ¡Con el mismo doblaje que tenía en la mítica serie protagonizada por Don Adams!

Uno, a lo largo de su vida, crece con personajes del mundo del espectáculo y no quiere despegarse del “ideal” que tiene de ellos. Realmente no creo que hubiera “comprado” a un Maxwell Smart con la voz del actor de turno, Steve Carrell. Pero en cuanto escuché esa tonada aguda diciendo “Noventaynueve“, me relajé.

Me parece que lo mismo sucede en otros casos, contados con los dedos de una mano, pero en los que preferimos la película doblada al español antes que en su idioma original. Van las mías: Rocky, Forrest Gump, Los Simpson

¿Me olvido de alguna?

Disputa Universal

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La discusión versaba sobre el 21 de junio, fecha clave para el quiebre temporal en la Ciudad: de un lado, los que argumentaban que era positivo que las noches comenzaran a ser más cortas, para así “aprovechar más el día”; del otro los nocturnos, que lamentábamos el inminente incremento de la presencia solar diaria.

La batalla era implacable. Ninguno de los bandos daba el brazo a torcer. Unos, alegando que el calor del sol inconcientemente predispone mejor a las personas a la hora de hacer sus tareas diarias. Los otros, asegurábamos que la belleza porteña se disfruta más cuando el sol se oculta: “Buenos Aires tiene un halo misterioso que se disfruta de noche”, dijo un amigo.

Era un empate técnico, y la frustración colmaba el ambiente. Hasta que uno que se había quedado callado durante todo el “debate”, pidió el mate que cebaba uno de los diurnos y dijo fulminante: “Me encanta disfrutar más de los días, pero ¿se dieron cuenta de que, desde ahora, cada vez más temprano van a empezar a piar esos pájaros que nos perturban las madrugadas de los fines de semana?”.

Los nocturnos nos alzamos con la victoria, y el mate siguió girando.

Ilustración vía thundersandwitch

Leer sin cronometrar

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Una vez me dijeron que todo es posible llevarlo hacia una zona matemática: nada escapa a la numeración. Ni siquiera la literatura. Pensé en esto cuando, hace algunos años, distintos medios de comunicación comenzaron a publicar el “tiempo de lectura estimado” para las notas. Este coeficiente nacía de una cuenta que no recuerdo exactamente en este momento pero que calculaba la relación entre la capacidad de comprensión de las palabras y la habilidad para retener su significado.

Pero hace muy poco caí en la cuenta de que “contabilizar la lectura” es un acto cruel e injusto: ¿Cómo estimar el impacto que un párrafo puede tener en nosotros?

Ya al leer la novela La Carretera, de Cormac McCarthy, había sentido que la intensidad no puede medirse: es un libro corto pero que, por el impacto que generaba en mí, no me permitía avanzar de a más de veinte páginas por día.

Había olvidado esa sensación hasta que, hace unos pocos días, me topé con Tsugumi, la última novela traducida al español de la escritora japonesa Banana Yoshimoto.

Espero no caer en el cliché de considerar los textos orientales como “más reflexivos”, pero lo cierto es que el uso que hace esta autora de cada descripción le hace pensar al lector que la elección de las palabras no es azarosa. Las frases parecen caer en su justo lugar, por más que la historia en sí sea sencilla. Así, la referencia a un atardecer en las costas japonesas se convierte en un disfrute que vale la pena releer dos o tres veces. ¿Cómo calcular ese “tiempo de lectura” en estos casos? Sería faltarle el respeto a quien pensó cada punto y cada coma.

De yapa, les dejo un párrafo de Tsugumi, de Banana Yoshimoto:

“(…) El sol refulgía, muy alto, y envolvía en un resplandor blanco toda la playa. El mar, en calma chicha, parecía un lago y mi padre se fue adentrando sin dejar de gritar, igual que un niño, que el agua estaba muy fría. Parecía que, en vez de avanzar por sus propios medios, se dejara llevar por el mar hacia el horizonte. Aquella inmensidad azul no tardó en engullir su figura. Me levanté y me metí en el agua, decidida a alcanzarlo. me encanta ese momento en que la piel comienza a tolerar la temperatura de un agua de la que, al meterse, cualquiera habría salido corriendo. Alcé la cabeza y vi brillar sobre el azul del cielo el intenso verde de las montañas que rodeaban la bahía. Un verde que, al reflejarse en el mar, era aún más intenso. (…)”

(Contra)tiempos compartidos

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Podrían considerarse a las vacaciones durante la juventud como épocas de ocio forzado: no se elige el cuándo de las semanas de descanso, sino que son impuestas por el calendario escolar. Y, de algún modo, los padres que pueden tomarse esos días para descansar con sus hijos son rehenes de esa temporalidad.

El problema, sin embargo, es cuando se cree que el estilo de vacaciones es compartido por quiénes cohabitan en espacio y tiempo. Lo digo más claramente: no porque uno disfrute de la estadía en un hotel significa que quiere pasar las mismas vacaciones que otra familia que esté en ese mismo lugar esos mismos días.

Mi hermano y yo somos estudiantes universitarios que debemos cumplir con cierto calendario. Lamentablemente, la única semana en la que coincidimos es la misma que ocupa los primeros siete días del receso invernal de los más chicos. Y mi madre, con ganas de pasar un tiempo a solas con sus dos hijos grandulones (22 y 20), decidió emprender un viaje a Colonia del Sacramento, Uruguay.

Evidentemente no fue la única: hordas de padres inconscientes que dejaban a sus niños llorar, corretear, llorar, gritar, llorar, molestar, llorar, también estaban allí.

Es lógico: los chicos son chicos y como tales sufren ciertas necesidades, desean llamar la atención, disfrutan de ser el centro. Lo que no es lógico es el desinterés y la falta de respeto de los padres -adultos consumados ya- en relación con los otros adultos.

¿Por qué, si yo quiero disfrutar de cuatro días con mi familia, tengo que soportar a otra familia? Si mi madre ya crió a sus hijos, ¿por qué debe nuevamente tolerar los gritos de los otros?

Créanme que no es para nada una postura antiniños: muchos chiquillos se comportaban y en otros casos, cuando no lo hacían, los padres eran lo suficientemente responsables como para hacerse cargo.

En fin… será que me estoy poniendo más viejo e intolerante, pero a mi regreso de Colonia, preciso vacaciones