El sonido del tiempo
por Clara Lagos

Con mi papá no se puede hablar de música. No conoce a las bandas actuales, no tiene idea de los músicos, pero para él todo lo nuevo es basura, una mala copia de lo anterior. Conociendo su postura prácticamente antimusical, intento evitar charlar con él de ese tema -del cual soy fanático, y puedo quedarme horas debatiendo una canción con cualquiera-.
Viajaba con mi padre en su auto cuando escuchamos el anuncio del recital de Los Fabulosos Cadillacs en el estadio de River.
- ¿Nunca antes habían tocado en el Monumental?- me preguntó.
- No. Va a ser su primera vez ahí.
- Pero se juntaron hace poco, ¿no?
Ahí le expliqué que se separaron un tiempo y que ahora se juntaban nuevamente, como para hacer una gira. Le dije algo así como “el efecto Soda Stereo“.
- Ja -aseguró cabeceando mientras el semáforo en la Avenida Cabildo nos impedía seguir avanzando-, tuvieron que separarse para tocar ahí… ¿te das cuenta de que en todos estos años generaron un vacío que no pudo llenar otra banda?
- Pse…-dudé. Ya sabía a dónde quería llegar-.
- Imaginate, cuando estaban activos no habían tocado en un lugar tan grande. Se separan, esperan un tiempo, no surge nada que se les parezca, y vuelven con todo.
- Algo así…
- Y claro… las bandas nuevas no proponen nada.
Su argumento fue demoledor. Quería responder, me sentía casi en la obligación de hacerlo no tanto por mí sino en defensa de todos los nuevos conjuntos… pero no se me ocurrió nada.
¿Es que no apareció nada nuevo o será que los frutos se verán en un tiempo? ¿Cuánta maceración debe tener una banda para lograr la madurez?
- Pa, no tenés idea de lo que hablas. -dije. Pero no sólo no lo convencí a él, sino que yo mismo sonaba más dubitativo que convencido.


Siempre me llamó la atención cómo, en las ciudades o pueblos chicos, la gente tiene más tiempo para compartir con sus amigos. No sólo para tomar unos mates y dejarse llevar en una conversación sin sentido. Sino también para darse una mano. Al igual que en las aldeas de algunas culturas aborígenes, en algunos pueblos que tuve la oportunidad de visitar (en la Patagonia, en Brasil), las personas hacen del acto de ayudar a un amigo, toda una celebración.
“Mañana nos juntamos a comer una feijoada y ayudar a Pedro a arreglar su barco”, recuerdo que me contaba un amigo que vivía en una isla de Brasil. Era todo un plan que se extendía desde la mañana temprano y en el cual todos ayudaban a realizar un trabajo que Pedro, un viejo artista que vivía en un velero, no podría haber concretado solo.
Algo parecido sucedía con unas personas que conocí en Villa la Angostura. Eran un grupo de jóvenes de Buenos Aires, con hijos pequeños, buscando crear un medio de vida en ese alejado paraíso. Nunca les faltaba alguien que los acompañara en camioneta a buscar mercadería a Bariloche; las mujeres siempre tenían cerca otras mujeres a quienes dejarle sus chicos si tenían un compromiso. Aunque vivían en un lugar hermoso, estaba repleto de obstáculos, especialmente en invierno. Pero justamente esa sensación de estar lejos de sus lugares de origen, emprendiendo proyectos en un lugar aislado, los volvía más unidos, más comunitarios. Y el ritmo de vida que llevaban, mucho más lento que el que tenemos en las ciudades, les permitía tener todo ese precioso tiempo para compartir con amigos.
Por eso, rescato algunas reflexiones que pasaron por mi cabeza ayer, 20 de julio, mientras cocinaba para mis amigos. Si está permitido pedir deseos a esta altura del año, pido:
Más tiempo para conversar con mis amigos, cocinar para ellos, caminar juntos, invitar una amiga a quedarse a dormir como cuando éramos chicas, compartir un libro, una película, un disco, hacerle un favor a alguien, regalarles mi tiempo, mis horas, mis noches y mis tardes de domingo.
“Ay, qué placer estos cinco segundos en que no recuerdo por qué estoy durmiendo acá”, decía Homero cuando se despertaba en el jardín después de la noche en que Marge -enojada- no lo dejó compartir la cama con ella.
Esta mañana, apenas abrí los ojos, tuve ese instante de calma. Pero de golpe -y durante el resto del día- recordé cómo fue mi noche, vi en un pantallazo rápido cada cosa que pasó. Deseé con toda la fuerza que hubiera sido un mal sueño, un pésimo sueño o la peor pesadilla.
No se puede desear en pasado. Así que ahora sólo deseo esos cinco segundos de mañana . ¿Alguien se quiere ocupar por mí de los 86 395 restantes?
Las percepciones que se instalan en la memoria suelen parecernos inamovibles. Uno se hace una idea de algo, y después se queda con esa idea. Para evitar el abstracto, lo ejemplifico: para mi generación, James Bond es Pierce Brosnan. Hablo con gente mayor y me aseguran que no, que Roger Moore o que Sean Connery son los verdaderos 007; lo comento con mis primos menores y creen que es Daniel Craig.
No importa: el “casillero James Bond“, en mi memoria, está ocupado. Y entonces ese modelo que uno tiene, lo toma para medir a los nuevos o los viejos. Siguiendo con el ejemplo, Daniel Craig será buen actor, pero no es el Bond que yo conocí.
El pasado instalado es mucho más fuerte que lo nuevo que pueda aparecer. La temporalidad gana intensidad por la permanencia. Pero, a pesar de esta inamovilidad aparente de los conceptos, hay casos en los que lo nuevo tiene tal nivel que derrumba a la idea establecida.
Me sucedió hace poco, viendo la última película de Batman -Batman: El Caballero de la Noche-.
Mi Guasón era Jack Nicholson. Y bien digo era, porque lo cierto es que Heath Ledger derrumbó un mito. Debo confesar que, a pesar de los comentarios que había escuchado antes de ver el film, pensaba que el trabajo de Ledger estaba siendo inflado simplemente porque el actor ha muerto, y siempre se ensalza a los fallecidos. Sin embargo, este nuevo Guasón es espectacular. Cualquier fanático, tanto del cine como del cómic, coincidirá: surge algo así como un nuevo paradigma. Si en el futuro aparece otra versión del villano, no deberá enfrentar a Nicholson.
Mi memoria fue sacudida, y ahora tiene un nuevo nombre en el casillero “Guasón“.
Voces
Debate
Diálogo
Compromiso
Libertad
Unión
Democracia
Como las caras de este cubo, hoy pareciera ser un tiempo de orden, en el que cada pieza puja por encajar, allí, donde correponde. Es un tiempo de esperanza.
Y estamos de pie!
Vane
Foto: Ilyfe

Al principio era una banda “sectaria”, de skate rock. Después se convirtió en una de las favoritas de los periodistas. Corrían los años ochenta y Massacre Palestina crecía muy de a poco. Un líder carismático, riffs mucho más interesantes que los que sonaban en las radios, y sin embargo la masividad tardaba en llegar.
Hubo cambio de nombre (después del atentado a la embajada de Israel pasaron a ser lisa y llanamente “Massacre“), cambio de integrantes -entró Fico como segundo guitarrista; partió uno de los fundadores, el bajista José Armetta-. Pasaron distintas discográficas hasta finalmente llegar a la autogestión. Pero siempre acompañaron las modificaciones con mucha música y empuje, comandados por el incansable Walas.
El reconocimiento llegaría: tarde o temprano, pero llegaría.
Discos cada vez más limpios, público creciente… Claro que no todo fueron rosas: tal vez uno de los puntos más duros que debió afrontar la banda fue justamente este año, cuando el guitarrista Fico sufrió un accidente en el que falleció su compañera y él terminó duramente golpeado. Pero el empuje siguió, y de pronto llegaron a la meca del rock: Massacre, finalmente, tocaba en Obras. “La fiesta de los superhéroes del under“, tituló Página/12 esa cobertura.
¿Cuántas bandas logran mantenerse durante tanto tiempo? Es fácil seguir con “el negocio” si sos parte de los Rolling Stones: tocando a salas llenas y facturando por millones todo se hace más llevadero. Pero la unión en la adversidad… eso sí que es complicado.
Y entonces me veo, ayer, en una Trastienda abarrotada de público de distintas edades, desde diecicortos a treintaylargos. Padres e hijos juntos, los fanáticos de siempre, los nuevos, parejitas, hombres y mujeres solos…
El ejemplo de la perseverancia está tocando en el escenario, y todos lo disfrutamos.




Para los que llegan a este blog desde lejos, el 9 de julio de 2007 nevó en Buenos Aires. Lo recuerdo porque el clima no deja de sorprendernos y hoy tuvimos un día primaveral en la ciudad, con 24 grados de temperatura. Así que no, este año, parece que no va a nevar en Buenos Aires.
“El tiempo es la manera en que la naturaleza evita que todo suceda de golpe”
John Wheeler (creador del término agujeros negros)
foto por Gelchy