Siempre habrá tiempos vacíos…

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Con mi papá no se puede hablar de música. No conoce a las bandas actuales, no tiene idea de los músicos, pero para él todo lo nuevo es basura, una mala copia de lo anterior. Conociendo su postura prácticamente antimusical, intento evitar charlar con él de ese tema -del cual soy fanático, y puedo quedarme horas debatiendo una canción con cualquiera-.

Viajaba con mi padre en su auto cuando escuchamos el anuncio del recital de Los Fabulosos Cadillacs en el estadio de River.

- ¿Nunca antes habían tocado en el Monumental?- me preguntó.
- No. Va a ser su primera vez ahí.
- Pero se juntaron hace poco, ¿no?

Ahí le expliqué que se separaron un tiempo y que ahora se juntaban nuevamente, como para hacer una gira. Le dije algo así como “el efecto Soda Stereo“.

- Ja -aseguró cabeceando mientras el semáforo en la Avenida Cabildo nos impedía seguir avanzando-, tuvieron que separarse para tocar ahí… ¿te das cuenta de que en todos estos años generaron un vacío que no pudo llenar otra banda?
- Pse…-dudé. Ya sabía a dónde quería llegar-.
- Imaginate, cuando estaban activos no habían tocado en un lugar tan grande. Se separan, esperan un tiempo, no surge nada que se les parezca, y vuelven con todo.
- Algo así…
- Y claro… las bandas nuevas no proponen nada.

Su argumento fue demoledor. Quería responder, me sentía casi en la obligación de hacerlo no tanto por mí sino en defensa de todos los nuevos conjuntos… pero no se me ocurrió nada.
¿Es que no apareció nada nuevo o será que los frutos se verán en un tiempo? ¿Cuánta maceración debe tener una banda para lograr la madurez?

- Pa, no tenés idea de lo que hablas. -dije. Pero no sólo no lo convencí a él, sino que yo mismo sonaba más dubitativo que convencido.

La memoria encasillada

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Las percepciones que se instalan en la memoria suelen parecernos inamovibles. Uno se hace una idea de algo, y después se queda con esa idea. Para evitar el abstracto, lo ejemplifico: para mi generación, James Bond es Pierce Brosnan. Hablo con gente mayor y me aseguran que no, que Roger Moore o que Sean Connery son los verdaderos 007; lo comento con mis primos menores y creen que es Daniel Craig.

No importa: el “casillero James Bond“, en mi memoria, está ocupado. Y entonces ese modelo que uno tiene, lo toma para medir a los nuevos o los viejos. Siguiendo con el ejemplo, Daniel Craig será buen actor, pero no es el Bond que yo conocí.

El pasado instalado es mucho más fuerte que lo nuevo que pueda aparecer. La temporalidad gana intensidad por la permanencia. Pero, a pesar de esta inamovilidad aparente de los conceptos, hay casos en los que lo nuevo tiene tal nivel que derrumba a la idea establecida.

Me sucedió hace poco, viendo la última película de Batman -Batman: El Caballero de la Noche-.

Mi Guasón era Jack Nicholson. Y bien digo era, porque lo cierto es que Heath Ledger derrumbó un mito. Debo confesar que, a pesar de los comentarios que había escuchado antes de ver el film, pensaba que el trabajo de Ledger estaba siendo inflado simplemente porque el actor ha muerto, y siempre se ensalza a los fallecidos. Sin embargo, este nuevo Guasón es espectacular. Cualquier fanático, tanto del cine como del cómic, coincidirá: surge algo así como un nuevo paradigma. Si en el futuro aparece otra versión del villano, no deberá enfrentar a Nicholson.

Mi memoria fue sacudida, y ahora tiene un nuevo nombre en el casillero “Guasón“.

El triunfo de la constancia

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Al principio era una banda “sectaria”, de skate rock. Después se convirtió en una de las favoritas de los periodistas. Corrían los años ochenta y Massacre Palestina crecía muy de a poco. Un líder carismático, riffs mucho más interesantes que los que sonaban en las radios, y sin embargo la masividad tardaba en llegar.

Hubo cambio de nombre (después del atentado a la embajada de Israel pasaron a ser lisa y llanamente “Massacre“), cambio de integrantes -entró Fico como segundo guitarrista; partió uno de los fundadores, el bajista José Armetta-. Pasaron distintas discográficas hasta finalmente llegar a la autogestión. Pero siempre acompañaron las modificaciones con mucha música y empuje, comandados por el incansable Walas.

El reconocimiento llegaría: tarde o temprano, pero llegaría.

Discos cada vez más limpios, público creciente… Claro que no todo fueron rosas: tal vez uno de los puntos más duros que debió afrontar la banda fue justamente este año, cuando el guitarrista Fico sufrió un accidente en el que falleció su compañera y él terminó duramente golpeado. Pero el empuje siguió, y de pronto llegaron a la meca del rock: Massacre, finalmente, tocaba en Obras. “La fiesta de los superhéroes del under“, tituló Página/12 esa cobertura.

¿Cuántas bandas logran mantenerse durante tanto tiempo? Es fácil seguir con “el negocio” si sos parte de los Rolling Stones: tocando a salas llenas y facturando por millones todo se hace más llevadero. Pero la unión en la adversidad… eso sí que es complicado.

Y entonces me veo, ayer, en una Trastienda abarrotada de público de distintas edades, desde diecicortos a treintaylargos. Padres e hijos juntos, los fanáticos de siempre, los nuevos, parejitas, hombres y mujeres solos…

El ejemplo de la perseverancia está tocando en el escenario, y todos lo disfrutamos.