Solo contra todos
- Hagas lo que hagas, pase lo que pase, durante los primeros tres meses de vivienda en solitario no podes llamar a tus viejos ni para pedirles una aceituna.
La frase de mi primo mayor me quedó retumbando desde el momento en que mi mamá cerró la puerta de mi flamante morada. Era una oportunidad que no podía dejar pasar: me prestaron un departamento en el que sólo debo hacerme cargo de los gastos, sin pagar alquiler.
Todo transcurría de modo normal, extremando las medidas como para no tener que limpiar -Nota al margen: galletitas, cereales y alimentos que dejen migas, siempre es mejor comerlos sobre el fregadero-. Hasta que el primer accidente doméstico no se hizo esperar: como soy un fanático del café, una de las primeras decisiones que tomé fue prepararme una jarra de tamaño casi industrial como para tener reservas por unos días. Pero dio la casualidad que la cafetera que compré (prefiero el café de filtro), estaba mal soldada. Yo había llenado el filtro con una buena dosis de agua y dejaba que se escurriese a su ritmo, ocupado leyendo el libro del momento. Por eso me enteré tarde de que el contenedor de metal perdía por debajo: No me di cuenta sino hasta escuchar un constante goteo contra el piso de la cocina.
No habían pasado 24 horas y mi nueva casa ya era un enchastre.
No conforme con esto, decidí que lo mejor era retirar el filtro para que no siguiera acumulando café. Mala elección: apenas levanté del sobrecito, el papel no resistió el peso de los granos y el agua, y el filtro se agujereó. Una montaña arenosa de café decoraba entonces la ínfima cocina.
A punto de abandonar todo, cerrar con llave y regresar a la casa de mis padres, aquella frase de mi primo me volvió a la memoria. Así, al mejor estilo Jack de Lost, dejé que por cinco segundos el café tomara posesión de mi cerebro. Luego, paso a paso, ordené, limpié, sequé y acomodé.
Pedir ayuda hubiera sido retroceder en el tiempo, volver a los años de niñez. Esos segundos de claridad mental evitaron que mi presunta adultez retrocediera.
Igualmente, no veo la hora de que se cumplan los tres meses, como para degustar una buena comida casera…


ANAGRAMA
La vergüenza no es pedir ayuda, la vergüenza es decir “fregadero” .
Maria
martín, tuve un accidente similar cuando me corté el dedo intentando separar una pata de un muslo (de pollo, claro). Salió sangre, dolió, pero no llamé a mis papás. En cambio, me puse azúcar (alguna vez escuché que es buena para cicatrizar) y salí con el dedo envuelto en servilletas de papel a comprar curitas.
Moraleja: cuidado extremo con los cuchillos tramontina.
Raquel
Querido Martín, de éstas vivirás miles y llegarán a ser cotiadianas sin poco sentido. Todavía no llegaste a la instancia ” y ahora que me pongo? ” ….. porque acumulaste ropa para no lavarla en el momento y olvidaste llevarla al lavadero? Jajajjaja, quiero ver la foto llegando a casa de tus padres con el bolso de viaje lleno de ropa sucia y, a golpe de puerta, el saludo nervioso “Hola má, vine por unos mates, no sabés el lavadero estaba cerradado….”