Hoy viajé en el 93, un colectivo al que jamás había subido. Hice un recorrido nuevo para desembocar en la misma silla, frente al mismo escritorio. En ese ratito que transcurrió entre la esquina de Laprida y Las Heras hasta la de Paseo Colón y Chile pensé que la vida entera puede pensarse como uncuento hecho de frases y signos de puntuación.
De lunes a viernes puro comas, y a veces ni eso. Los fines de semana puntos seguidos. Grandes eventos que marcan un punto y aparte; situaciones inesperadas que introducen signos de exclamación; etapas enteras puestas entre dos signos de interrogación. Días, horas y minutos descriptibles como tres puntos suspensivos… Y, los que más me gustan, esos momentos que van entre paréntesis.
Las leyes de la gramática dicen que, si están bien usados, los paréntesis son absolutamente prescindibles. Se los puede extraer de la frase sin que se altere su sentido, su discurrir, su propósito. Y sin embargo son los que suelen encerrar los datos más coloridos y deliciosos.
(A mí, de vez en cuando, me gusta ponerme entre paréntesis. Dejar que el tiempo avance –eso es inexorable- pero a un ritmo distinto. Sentir que estoy de incógnito, que no hay apuro, que nada ni nadie me reclama. Una situación ideal para eso se produce cada dos meses, cuando voy a la peluquería. El viaje hacia un lugar –antes Caballito, ahora Flores, que no frecuento. La espera en el sillón de pana con revistas que jamás leo excepto ahí; el agua tibia y un par de manos masajeando mi cuero cabelludo; la charla liviana con el “lavador de pelo”; la conversación un poco más familiar con Rubén, mi peluquero; el celular inaudible dentro de mi bolso, dentro de un placard. La caminata de noche hasta Av. Rivadavia, el pelo húmedo con un perfume distinto al habitual. Y la vuelta a bordo de un vagón de una línea de subte que no suelo tomar, pero que me deposita siempre en el lugar de siempre).
Ayer salió en La Nación Revista un extenso artículo escrito por el psicoanalista argentino Sergio Sinay sobre nuestra relación con el tiempo.
Hasta que se inició la dictadura del reloj, los seres humanos vivían conscientes de que eran parte de la naturaleza; no se sentían ni al margen ni por encima de ella. Los ciclos de la Luna, la secuencia de las estaciones, las posiciones del Sol en el cielo, los celos de los animales, eran observados y respetados; los ciclos de la propia vida (niñez, adultez, vejez) también, y eso que hoy conocemos (y tememos) como tiempo era una experiencia subjetiva y natural.
Sinay realiza un rico un recorrido por las concepciones que la humanidad y las diversas culturas han tenido sobre el tiempo. Leí esta nota tirada en la cama, tomando mate, lejos de la computadora y sin ningún apuro. Como varias de las reflexiones de este blog, muchas de las ideas con las que me crucé están relacionadas con la búsqueda de sentido. A no temerle al ocio. A soltarse de algunas ataduras. A escuchar el tiempo interno, la música y el ritmo interior de cada persona. En algún momento solté la revista, me estiré, despejé de la cama el suplemento de turismo, el de empleos y espectáculos. Me dediqué unos minutos a hacer lo que más me cuesta. Nada.
Nunca fui fanático de Indiana Jones, tal vez sobre todo porque era muy chico cuando se dio a conocer el personaje. Pero sí creo entender bien lo que Henry Jones Jr. -tal el nombre “real”- representa: el triunfo romántico del aventurero por sobre los conflictos entre las naciones (todo esto acentuado por el oficio casi nerd del héroe: ¡no olvidemos que este hombre que salva al mundo es un arqueólogo!).
Así, luego de diecinueve años sin pantalla, Indiana volvió de la mano de la tríada que lo forjó: Harrison Ford como actor, Steven Spielberg detrás de las cámaras y George Lucas produciendo. Si bien como espectador no quedé muy satisfecho con el desenlace del último film (que no pienso contar, pero que propongo en todo caso debatir), debo destacar lo más interesante: el regreso a los cines de una película de aventuras de la vieja escuela.
El conflicto sucede en 1957, vuelve la disputa Estados Unidos vs. Unión Soviética, hay disparos, corridas, persecuciones en autos, peleas a puñetazo limpio…¡Hasta el mítico látigo!
Nada de lásers, armas biológicas, ni peleas “a distancia”.
No soy de los que creen que “todo tiempo pasado fue mejor”, pero espero que con la trascendencia mundial que tiene el regreso de Indiana Jones, los directores y creadores del cine comprendan que no siempre más tecnología es mejor a la hora de contar una simple historia.
De los dispositivos tecnológicos que hoy- desde el diseño y la tecnología- nos permiten mostrar de alguna manera el paso del tiempo, los celulares constituyen uno de estos aparatitos que mayor evolución han presentado. Sino, pasen y vean el post que encontré en el blog de Julián Gallo.
Ah! Diganme si no se acuerdan del cómodo DynaTac, más conocido como el famoso “ladrillo”! :)
En el mundo de la industria hay un método que gana cada vez más adeptos. Se denomina J.I.T, siglas que corresponden a la expresión Just in Time (Justo a tiempo). La idea es que las materias primas y los productos lleguen a tiempo para la fabricación o para el servicio al cliente. Se acortan los ciclos operativos, los segundos ociosos de las maquinarias y se incrementa la productividad (más producción en menos tiempo).
Y yo que pensaba que Just in Time sólo era esa canción. Esos minutos deliciosos que “desperdicio” de vez en cuando en You Tube para revivir la escena: Ethan Hawke elige un disco, se sienta sobre el sillón, Julie Delpy le sirve un té. Los dos tan tímidos. Después ella baila frente a él. Tiene la espalda semi descubierta y hace morisquetas; él la devora con la mirada. Los dos ríen. De fondo la voz de Nina Simone:
…No more doubt of fear I´ve found my way
For love came just in time you´ve found me just in time
And changed my lonely nights that lucky day.
“Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán `La ociosidad es la madre de todos los vicios´. Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado una revolución. Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado.”
Introducción a Elogio de la Ociosidad (1935). Bertrand Arthur William Russel (filósofo, historiador y matemático, premio Nobel de literatura en 1950).
A Russell le llevó casi toda una vida –y unos 50 libros- darse cuenta de que quería … ¡ser más fiaca!
A veces se piensa al tiempo desde la cuantificación: algo que sucedió hace unos años, el encuentro que tendremos dentro de dos semanas, las vacaciones de dos meses que tanto anhelamos. Pero pocas veces pensamos en el conjunto, es decir “EL” Futuro, “EL” Pasado y, por sobre todas las cosas, “EL” Presente.
Uno de los autores argentinos más celebrados de la actualidad, César Aira, propone en su último libro Las aventuras de Barbaverde problematizar EL Presente. La novela, dividida en cuatro capítulos, cuenta distintos enfrentamientos entre el paladín de la Justicia, Barbaverde, y su archienemigo, el maléfico Dr. Frasca. En uno de esos combates, el malvado Frasca pretende afectar a la humanidad eliminando EL Presente. Más allá de las disparatadas vueltas que el genial Aira le encuentra al asunto, quería destacar un fragmento en el que el escritor reflexiona sobre ese Presente:
“ (…) Había que preguntarse por los efectos, primarios y secundarios, que podía tener la extinción del Presente. Bastaba una somera reflexión para ver que con él desaparecerían muchas de las cosas buenas de la vida, si no todas: el placer de contemplar una flor, de gozar del buen tiempo en una caminata o de mirar la lluvia desde la ventana; el sentimiento de lo temprano de la mañana o lo tarde de la noche, el canto de un pájaro, la música (que era Presente en estado puro), las lágrimas de identificación con el protagonista de una buena película…El pensamiento mismo. ¿Dónde se pensaba sino en el Presente? (…) Es cierto que todas estas cosas, todas las cosas y hechos en general, contenían también una proporción de Pasado y de Futuro, y no era fácil decidir por anticipado a qué quedarían reducidas sin el Presente. Pero el empobrecimiento sería inevitable. (…) Y había algo más, una pérdida más importante: sin Presente no podía haber Amor. La vida perdería su poesía, porque la poesía de la vida era el Amor. Aquí ya no se trataba de una amenaza a los aspectos estéticos o hedónicos de la existencia, sino a la esencia misma de la especie, al motor de la humanidad.”
Al escuchar el himno en el post “Más Pangea Day…” de Fer, no pude resistir la tentación de postear letra y música de Imagine and imagine the time the world will be as one!
Está permitido subir el volúmen muy fuerte y cantar este himno a la Paz a viva voz!
Me sumo al post de Pangea Day, para mostrar este video de poco más de un minuto de duración, en donde bajo la consigna de que el mundo logre reunirse a través del film, un coro inglés canta el himno nacional argentino… Según se lee en el canal oficial en YouTube de Pangea Day, los directores a cargo de este minuto y 1o segundos eligieron dicho himno a raíz del significado histórico de la Guerra de las Malvinas y la intensa rivalidad futbolística entre ambas selecciones nacionales.
Infinit siempre fue un movimiento que creció en constante sintonía con la evolución de los tiempos. Por eso nace Abrí los ojos Blog, un llamado a reflexionar y disfrutar, a no quedarnos quietos, participar y evolucionar en nuestras experiencias. Leer más »